domingo, 12 de agosto de 2007

Trabajo ambulante

Sea en las primeras horas de la mañana, a la tarde o cuando cae la noche, el centro santiagueño nos presenta unos de sus protagonistas, los vendedores ambulantes. Son personas que no encuentran un lugar seguro en la sociedad y en el sistema laboral, que buscando la manera de escapar del hambre y encontrar una fuente de ingreso, se instalan en las veredas y peatonales a ofrecer sus productos.

El trabajo no distingue edades ni estaciones del año, en verano el calor y el sol hace difícil la tarea y en invierno no hay bufandas que protejan a estos trabajadores de las bajas temperaturas.

Recorriendo las calles nos encontramos con los más variados productos, algunos que tienen éxito se repiten en varios puestos, otros más innovadores exponen artesanías y accesorios femeninos para todos los gustos. Hippies sentados en las veredas, niños en las esquinas con globos o porta celulares, diarieros y finalmente la zona del Pasaje Castro donde se instaló lo que hoy se podría llamar el “shoping santiagueño”.

Pese a toda legislación estas personas están en la vía pública buscando una fuente de trabajo, sin pagar alquileres o personal. Muchos podríamos decir que la explicación es que en Santiago las leyes nunca se cumplen, pero también hay que tener en cuenta que si estas personas no hicieran lo que hacen no podrían dar de comer a sus hijos.

Reflexion

La ciudad de pocos

La sociedad, las grandes industrias, las ciudades y a veces hasta nuestras mentes, se preparan para tratar a lo que la mayoría ha estipulado como “personas normales”. Pero, ¿qué significa ser una persona normal?. Ultimamente significa ser 90-60-90, supermodelo, alta, flaca, y otros tantos aspectos que nada tienen que ver con lo importante, porque generalmente eso es dejado siempre de lado. Siguiendo con la idea de las llamadas personas normales, ningún artículo de la constitución, código civil o penal hace diferenciación aluna a cerca de algo parecido y, si todos somos normales porque somos todos hombres, seamos flacos o gordos, altos o bajos, blancos o negros, caminemos o nos movilicemos en sillas de rueda o con bastón, ¿por qué hay siempre quienes no pueden gozar de las mismas cosas que la mayoría de la gente?.

Los olvidados de la población o del gobierno son, según se escucha decir, los “pobres” que luchan con el hambre y la precariedad de sus viviendas y ropas, con el frío en invierno y la falta de agua en los días de calor. Se enfrentan con los platos vacíos sobre la mesa rodeada de 4 o 5 hijos y el dilema de la educación en medio del trabajo y explotación infantil. También se encuentran aquellas personas que una vez dieron todo por la patria y hoy nadie los tiene en cuenta, los llamados “ex combatientes”. Y así la lista podría seguir nombrando varios grupos de gente en espera de atención y bienestar, y en medio de ella se encuentran las personas discapacitadas o con capacidades diferentes. Aquellas personas como cualquiera de nosotros, que gozan de derechos como los nuestros y que la mayoría no son tenidos en cuenta como en nuestro caso.

Naciones Unidas estima que hay cerca de 500 millones de personas con discapacidades en el mundo. El organismo ha publicado varios documentos relativos a los derechos de estas personas y la comunidad internacional ha seguido la pauta formulando las leyes pertinentes, pero no es garantía de que se cumplan ni que los discapacitados estén plenamente integrados a la sociedad.

La discapacidad es cualquier restricción o ausencia de la capacidad física, intelectual y sensorial. También se extiende a una dolencia que requiere atención médica. En lo que se refiere a algo tan básico y fundamental como la movilidad de una persona, ésta puede estar reducida, es decir que hay quienes están limitados temporalmente o permanentemente en su capacidad de desplazarse. En algunos casos ejecutan determinados movimientos con dificultad, sea con la ayuda o no de aparatos ortopédicos, bastones, etc. como por ejemplo los hemiplégicos, amputados o gente mayor. En otros, dependen del uso de una silla de ruedas para llevar a cabo sus actividades, de forma autónoma o con ayuda de terceras personas.


El derecho humano internacional establece que la persona minusválida tiene derecho a la igualdad ante la ley, a la igualdad de oportunidades, a una vida independiente, a la integración y a la seguridad. Sin embargo en la cotidianeidad de nuestros días podemos comprobar que hay muchas ideas que quedan en palabras, que hay muchas buenas leyes bien intencionadas que quedan sin cumplir.

Las dificultades con que se encuentran las personas con movilidad reducida y/o con limitaciones sensoriales son varias. Dificultades de maniobra que limitan la capacidad de acceder a los espacios y moverse dentro de ellos. Dificultades para salvar desniveles que se presentan en el momento de salvar desnivel o superando obstáculo aislado dentro de un itinirerario horizontal. Dificultades de alcance que puede ser manual en el caso de las personas en sillas de ruedas con respecto al alcance de objetos altos, o de tener como obstáculo de proximidad con otras personas la silla y sus piernas. También pueden ser visuales, auditivas o de orientación. Este es un pequeño panorama de lo difícil que resulta para estas personas desenvolverse en la sociedad y en sus vidas, y de la falta que hace que los que correspondan aporten su granito de arena para concretar el sueño de poder solamente vivir plenamente.

Dentro del complejo funcionamiento de una ciudad, existe un porcentaje significativo de personas que no gozan de una "accesibilidad" justa a participar de los diferentes espacios ó soluciones espaciales, que en su conjunto constituyen parte de la fisonomía de nuestras ciudades.

Pensemos que dentro de la gran masa humana hay personas que se ven afectadas por las Barreras Arquitectónicas (mobiliario que impida la libertad de movimiento y las autonomía de las personas), entre ellos : ciegos, sordo mudos, personas que se desplazan en sillas de ruedas, tercera edad, movilidad reducida, discapacidades visuales y auditivas, etc. En ese gran conglomerado de gente podemos tomar el caso de “Pedro”, un hombre de apenas 35 años que a raíz de un accidente automovilístico debe depender por el resto de sus días de una silla de ruedas para desplazarse. En un primer momento la noticia fue un gran shock para este santiagueño, que se podría decir, tiene toda su vida por delante y una infinidad de planes y proyectos por cumplir. En el momento en que las palabras del médico entraron a sus oídos, sintió como si la triste noticia le perforara los tímpanos, como si cada vocal y consonante punzara filosamente en su cabeza y se adelantó a pensar “hasta aquí llegó mi vida”. Los días pasaron, los meses, y la silla que tanto odiaba se volvió su mejor compañera, puesto que ella con ayuda de sus seres más queridos, era lo que le permitiría seguir viviendo, soñando, planeando y desenvolverse. Pero, con sólo reflexionar un momento nos podemos dar cuenta de los enormes problemas que enfrentan los discapacitados para tener acceso a los servicios básicos o de contar con espacios adecuados para su desarrollo personal, laboral y económico. Aquí estaba el primer obstáculo de Pedro para comenzar nuevamente a vivir, sin tener en cuenta la discriminación en base a los prejuicios de la sociedad y la ignorancia. Las personas discapacitadas tienen poco acceso a los medios de comunicación, se les cuestiona su competencia laboral basado en estereotipos y, en el momento de su incorporación social, son evadidas o ignoradas.

A pesar de que muchos lo ignoren el santiagueño en cuestión sabía que tiene derecho a reclamar la plena accesibilidad al medio físico, ya sean espacios libres como parques y plazas, baños públicos, edificios de uso público como universidades o ministerios, edificios de viviendas, estaciones de transportes públicos, quita de obstáculos en la vía pública como pozos o carteles que impidan el paso, etc. Se informó también a cerca de la legislación nacional y provincial que le garantiza su derecho y sin embargo pasear por la ciudad, hacer un trámite y hasta ir al baño en una confitería mientras disfruta de algo tan cotidiano como un café con amigos, es toda una odisea.

Las rampas aparecieron masivamente hace poco en la provincia y no en todas las esquinas o edificios, la anchura mínima y pisos antideslizantes tan resaltadas por las leyes brillan por su ausencia, en los estacionamientos las zonas reservadas y señalizadas para vehículos que transporten discapacitados son un raro hallazgo, y el colmo de los colmos sería pensar que ningún propietario de cafetería, bar, lugar público o funcionario que trabaje en una oficina, se percató de que a pesar de usar bastón o silla de ruedas, todos necesitamos en algún momento ir al baño. Sin exigir excelencia, aunque tienen derecho, la mínima accesibilidad a estos lugares se encuentra en su mayoría obstaculizada por las escaleras que llevan a primeros pisos donde generalmente se encuentran.

Lo antes descripto es un incumplimiento por parte de los municipios de leyes nacionales, provinciales y, en algunos casos, ordenanzas municipales vigentes. Así es como la odisea de Pedro nos demuestra que falta mucho camino por recorrer para hacer de nuestra ciudad y de muchas otras, una ciudad para todos. Porque es posible modificar la manera de diseñar y construir las ciudades para hacerlas más cómodas, más vivibles, más para todos y todas. Y fundamentalmente porque las personas que en Santiago del Estero representan el %20 de la población y esperan este cambio, tienen derecho a ello.

PILAR ABALOS

Trastorno Bipolar

Un fantasma rodeado por la intolerancia e ignorancia

“No está enfermo, solo le gusta quedarse en la cama”, “que va a estar enfermo si vive haciendo cosas”, son algunos de los comentarios que durante años caracterizaron la opinión generalizadaa cerca de una enfermedad a la que no se le encontraba nombre y apellido, la ignorancia fue y es el peor enemigo del trastorno bipolar.

Históricamente llamada psicosis maniaco-depresiva, la bipolaridad cuenta con nombre específico aproximadamente desde hace 10 o 15 años, es una enfermedad que consiste en la alternancia a lo largo de la vida de fases de depresión, periodos de manía y episodios de completa normalidad que pueden durar incluso años.

Los síntomas del paciente van a depender del estado en que se encuentre, llamados episodios o crisis. El trastorno bipolar es una enfermedad donde se alternan tres tipos de situaciones: episodios de normalidad, episodios depresivos y episodios maniacos. El episodio depresivo se caracteriza por ánimo triste, melancólico o llanto frecuente, no tener deseos de levantarse, muchas veces no tener deseos de vivir, trastornos en el apetito que esta disminuido, trastornos en el sueño (suelen tener insomnio), y disminuye absolutamente toda la actividad del paciente. En el episodio de manía por el contrario, el paciente se encuentra en un estado de excitación permanente con un discurso muy verborrágico, hablan permanentemente, tienen una actividad plena todo el día, tienen trastornos del sueño en el sentido de que no pueden y no quieren dormir, y hacen actividades en demasía en todos los campos de su vida.

El trastorno puede ser de tipo 1, 2 o mixto, ya sea sólo depresión, sólo episodios de manía o una combinación alternada entre los dos; por otro lado tiende a aparecer con más frecuencia en la etapa de la adolescencia o la cuarta década de la vida. Al ser un trastorno fundamentalmente bioquímico del sistema nervioso central si o si deviene tratamiento psicofarmacológico. En segundo lugar se agrega la psicoterapia y se puede complementar con psicoeducación donde el paciente aprende a conocer datos de su enfermedad.

En torno al trastorno bipolar hay muchas cuestiones por destacar, tiene una “fuerte tendencia familiar”, no se puede decir que prevalezca en alguno de los sexos, y es una enfermedad crónica que en todos los casos tiene causas biológicas. Nuestra sociedad no esta preparada para los enfermos crónicos, en general el mundo laboral tiene dificultades para incorporar a los pacientes crónicos de toda índole pero de pronto cuando se trata de pacientes con patologías o enfermedades psiquiatritas nos resulta bastante más difícil porque no se puede comprobar con estudios de laboratorio ni diagnostico por imagen, es simplemente la clínica. Tenemos que entender que esta enfermedad muy bien tratada y con una familia que contenga al paciente y lo haga realizar tratamiento constante, puede tener un rendimiento laboral muy bueno, de 70 o el 80 % durante el año y, así como cualquier persona toma algunos días de licencia, el paciente bipolar tiene ese mismo derecho.

Para el paciente la vida no es sencilla, pero este trastorno también afecta a familiares y amigos, la familia tiene que trabajar duro hasta convencerlo al paciente de que su estabilidad depende de ciertos fármacos y que de la estabilidad de él va a depender la estabilidad del grupo familiar.