
Para algunos un feriado más, para otros conmemoración de dolor, cuentas pendientes y preguntas sin respuestas. Hay quienes sólo prepararán la cara de compungidos para presenciar los actos en conmemoración, están aquellos que recordarán momentos de horror y sufrimiento, sentimientos de pérdida y desamparo. Mientras que una gran mayoría, sólo pueden conectarse con los hechos a través de la experiencia ajena, cuando la historia impaciente por justicia, vuelve al presente y nos recuerda lo que fuimos.
El 24 de marzo se conmemora a las víctimas políticas producidas por el autoproclamado Proceso de Reorganización Nacional, en recuerdo del mismo día que años atrás, en 1976, se produjo el golpe de Estado que depuso al gobierno constitucional de María Estela Martínez de Perón.
Muchos repiten golpe de estado automáticamente, sin entender en realidad lo que implica un hecho como este. En algunos diccionarios aparecerá la definición de “Medida grave y violenta que toma uno de los poderes del Estado, usurpando los poderes del otro”. Se podría ampliar la definición diciendo que es la violación y vulneración de la legalidad vigente en un Estado, por parte de un grupo de personas que pretenden, mediante la fuerza, sustituir o derrocar el régimen existente.
Varias páginas de la historia argentina, tienen inscriptas en sus líneas el dolor de los golpes de estado. Sucesivas tomas violentas del poder con períodos de democracias débiles, la década infame, el golpe que derrocó a Perón, José María Guido, Juan Carlos Onganía y tantos otros. Finalmente en 1976, Videla llegó al poder, y parecía que el pánico había llegado para quedarse.
Suspensión de la actividad política y derechos de los trabajadores, prohibición de huelgas e intervención de sindicatos, disolución del Congreso y los Partidos Políticos, destitución de la Corte Suprema de Justicia. Censura en todas sus formas, quema de libros y revistas, y la aparición de aquellos considerados subversivos.
Cualquier movimiento de protesta o crítica social, ya sean obreros, universitarios, comerciantes, profesionales, intelectuales o religiosos, toda opinión encontrada, representaba subversión. Y los desaparecidos proliferaban, y los centros de detención clandestinos colmaban sus pasillos de gritos de dolor y torturas. Y así en la actualidad, los organismos de derechos humanos hablan de más de 30.000 desaparecidos, 30.000 vidas truncadas, familias deshechas y niños robados, apropiados por militares que les quitaron la identidad y los vendieron o abandonaron en institutos.
Hoy tenemos la oportunidad de recordar a todos aquellos que fueron víctimas de los que convencidos de obrar en beneficio de la patria, saquearon vidas y recursos de todo tipo. Podemos homenajear a inocentes que acusados injustamente cayeron en manos de asesinos y torturadores. Y también debemos ser capaces de asombrarnos con la valentía de otros, que desde su lugar, importante o no, lucharon contra un régimen que llenó de muerte nuestro país.
El 24 de marzo se conmemora a las víctimas políticas producidas por el autoproclamado Proceso de Reorganización Nacional, en recuerdo del mismo día que años atrás, en 1976, se produjo el golpe de Estado que depuso al gobierno constitucional de María Estela Martínez de Perón.
Muchos repiten golpe de estado automáticamente, sin entender en realidad lo que implica un hecho como este. En algunos diccionarios aparecerá la definición de “Medida grave y violenta que toma uno de los poderes del Estado, usurpando los poderes del otro”. Se podría ampliar la definición diciendo que es la violación y vulneración de la legalidad vigente en un Estado, por parte de un grupo de personas que pretenden, mediante la fuerza, sustituir o derrocar el régimen existente.
Varias páginas de la historia argentina, tienen inscriptas en sus líneas el dolor de los golpes de estado. Sucesivas tomas violentas del poder con períodos de democracias débiles, la década infame, el golpe que derrocó a Perón, José María Guido, Juan Carlos Onganía y tantos otros. Finalmente en 1976, Videla llegó al poder, y parecía que el pánico había llegado para quedarse.
Suspensión de la actividad política y derechos de los trabajadores, prohibición de huelgas e intervención de sindicatos, disolución del Congreso y los Partidos Políticos, destitución de la Corte Suprema de Justicia. Censura en todas sus formas, quema de libros y revistas, y la aparición de aquellos considerados subversivos.
Cualquier movimiento de protesta o crítica social, ya sean obreros, universitarios, comerciantes, profesionales, intelectuales o religiosos, toda opinión encontrada, representaba subversión. Y los desaparecidos proliferaban, y los centros de detención clandestinos colmaban sus pasillos de gritos de dolor y torturas. Y así en la actualidad, los organismos de derechos humanos hablan de más de 30.000 desaparecidos, 30.000 vidas truncadas, familias deshechas y niños robados, apropiados por militares que les quitaron la identidad y los vendieron o abandonaron en institutos.
Hoy tenemos la oportunidad de recordar a todos aquellos que fueron víctimas de los que convencidos de obrar en beneficio de la patria, saquearon vidas y recursos de todo tipo. Podemos homenajear a inocentes que acusados injustamente cayeron en manos de asesinos y torturadores. Y también debemos ser capaces de asombrarnos con la valentía de otros, que desde su lugar, importante o no, lucharon contra un régimen que llenó de muerte nuestro país.

1 comentario:
Buen post. Aún es necesario interpelar a la conciencia de la gente para que no olvide el pasado por más terrible que haya sido.
El problema es que hay una idea generalizada de que la memoria es un instrumento de autoflagelación, de estancamiento o de pesimismo crónico. Creo que la memoria cumple estas características cuando la reconciliación no ha ocurrido.
En América Latina, los hechos que tu describes han ocurrido innumerable cantidad de veces.
Soy peruano, acá la guerra interna dejó un saldo de casi 70 000 muertos - la mayoría de ellos de la sierra sur (del departamento de Ayacucho) y de habla quechua - por la acción de Sendero Luminoso, el MRTA, grupos paramilitares y las Fuerzas Armadas.
Aún así, todavía hay gente que argumenta que "había que hacer sacrificios para preservar el orden interno". Y claro, históricamente, la capital siempre fue un país aparte. Para nosotros Sendero y Ayacucho estaban más lejos que Miami. No fue sino hasta los apagones, estallidos de coches bomba y balaceras a la vuelta de la esquina que nos dimos cuenta que algo pasaba en el país. De repente, en la televisión aparecían decenas de miles de muertos.
Me parece que aún no terminamos de asumir los hechos de esas épocas. Tal vez porque aún sentimos lejano al resto del país o porque pensamos que no había otro camino.
A mi entender, fechas conmemorativas como a la que haces referencia no deben ser días de duelo fingido, sino de reflexión y de discusión de estos temas. Pues eso es lo que nos falta, poner sobre la mesa lo que pensamos y discutirlo.
La reconciliación implica el perdón y el perdón implica comprender lo que ha sucedido, no simplemente dar la vuelta a la página como muchos piensan.
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